EDUCACION-DIFERENCIADA-UNA-OPCION-RAZONABLE

José María Barrio Mestre
EUNSA (2005)
ISBN: 9788431322953
320 págs

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La historia reciente de la educación occidental está llena de ejemplos de esto. En la LOGSE, sin duda, pero también mucho antes de esta Ley, aguas arriba del actual modelo educativo. Ciertos valores y concreciones de la enseñanza que vivimos nunca han sido demostrados, simplemente han sido elevados a dogmas y toda discusión es herética e improponible.

Rompiendo el tabú

EUNSA, en este libro atrevido, sólido y sugerente a un tiempo, denuncia la existencia de un tabú. Uno de los peores tabúes en las sociedades occidentales de comienzos del siglo XX: la coeducación, propuesta desde el siglo XIX e impuesta en la segunda mitad del XX, es hoy casi universal en nuestro entorno. En pocas décadas España, con leve retraso respecto a los restantes países de su entorno pero superándolos hoy a todos, ha abandonado la educación diferenciada y ha asumido como indiscutible la convivencia de los dos sexos en las mismas aulas y en los mismos centros.

Este giro revolucionario no ha sido explicado más allá de unos cuantos lugares comunes ideologizados que nadie osó denunciar, ni había sido hasta ahora afrontado sin complejos.

José María Barrio ha reunido ahora ocho estudios científicos, todos ellos resultado de la investigación de expertos universitarios del más alto nivel. El resultado no es monolítico, porque no trata de imponer una nueva verdad revelada. Pero sí de buscar los puntos fuertes y los débiles de una decisión que fue hurtada por los políticos, obsequiosos con una determinada tendencia ideológica, a la sociedad civil, a los padres, a los profesores y a los mismos alumnos.

El feminismo original

La sociedad burguesa incluyó entre sus características la subordinación de la mujer, su inferioridad fáctica y su concreción en fenómenos históricos tan singulares como el matrimonio romántico. Esta situación, que por cierto no era la propia de las sociedades tradicionales europeas, estalló a mediados del siglo pasado en el llamado feminismo. Y el feminismo, en su lucha contra el sexismo –la discriminación injusta por razón de sexo-, cayó en el igualitarismo –afirmar que hombres y mujeres son iguales-. Rafael Pi ha explicado hace poco cómo Simone de Beauvoir, Gisèle Halimi o Kate Millett, sacerdotisas del feminismo, ignoraron en nombre de su ideología –la “lucha de sexos”- las evidentes diferencias genéticas, fisiológicas y psicológicas entre hombres y mujeres. Es el punto de partida del dogma coeducativo; una rama feminista del gran tronco ideológico marxista y gramsciano.

Barrio, con gran habilidad y cautela, no ha partido de un análisis ideológico. Ha buscado, en cambio, hechos. Hechos de la práctica educativa y de la experiencia pedagógica, como son los aportados por Christa Meves o María Calvo; hechos políticos y sociales, que Rosemary Salomone explica detalladamente desde Estados Unidos; y hechos jurídicos, como los que José Luis Martínez López-Muñiz adapta al caso español. Y la conclusión es, en pleno siglo XXI, sorprendente y a la vez incontrovertible.

Una imposición ideológica

Un hecho: la coeducación, que hoy es casi universal, “se aceptó más por razones ideológicas y políticas que por un análisis profundo de sus ventajas e inconvenientes”.

Otro hecho: la práctica en las aulas convence a menudo de que los chicos y las chicas, que son iguales en igualdad y en derechos, son diferentes en muchas cosas. Aprenden de manera distinta, y viven las experiencias con diferente intensidad y en diferentes momentos. En grupos investigados y controlados se ha demostrado que la interacción en la misma aula o centro de chicos y chicas no beneficia a ninguno de los dos, en la medida en que ninguno es atendido correctamente. Incluso se apunta que la convivencia continua, sin alternativas y forzada reafirma y exacerba, en vez de atenuar, los diferentes roles sociales que algunas trataban de evitar.

Un hecho debatido, pero que se apunta con fuerza: como ya anunciaba Ortega en 1927, “el hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer, revela, sin más, que en esa época predominan los valores de feminidad”. La coeducación feminiza la educación, la tiende a adaptar más a las necesidades y aptitudes típicas de las chicas –que maduran antes, muestran mayor disposición al orden y al trabajo continuos y mayor interés por las cuestiones concretas, además de una relación diferente con el grupo y con el docente- y tiende a marginar a los chicos. Según algunos autores, que no han sido rebatidos, el feminismo coeducativo apunta hacia una inversión de la discriminación injusta. Y sospecho que una estadística de fracaso escolar añadiría cifras a todo esto. Un nuevo “sexo débil”.

Como trasfondo, la libertad de elección

Un hecho indiscutible: nuestro entorno internacional y la Constitución consagran la libertad de educación. Ese derecho y libertad recae en la familia, y el Estado es sólo su gestor privilegiado. Ahora bien, el Estado no respeta la libertad de enseñanza en la medida en que impone la coeducación; ésta dista mucho de ser demostradamente buena, pero es que además puede ser contraria a las convicciones filosóficas y pedagógicas –ya que no religiosas- de muchos padres.

La Administración, para garantizar la libertad, no sólo debe permitir que la iniciativa privada cree, mantenga y concierte cuantos centros y aulas no coeducativos demande la sociedad, sino que debería atender esa demanda también dentro de la red de centros públicos. Como en el franquismo, vivimos un modelo educativo elegido desde el poder: pero es indecoroso llamar a esto libertad.

La única objeción a todo lo anterior planteada por los creyentes en la coeducación no es ni jurídica ni pedagógica ni antropológica, sino una vez más ideológica. Los críticos con la coeducación son acusados de reaccionarios, y son vinculados con el Opus Dei –como lo será, sin duda, este libro de EUNSA- o con momentos históricos anteriores.

Una objeción poco consistente, de cuya flaqueza soy testigo yo mismo, alumno de la Compañía de Jesús en su momento agónico más progresista, y sin embargo no coeducativo; no fue una mala educación. Lo que se pide es libertad de investigación y libertad de elección; no ya la imposición de la separación, sino que los padres puedan elegir. Es cierto que George Bush se ha mo
strado favorable a la separación de sexos, pero también la senadora Hillary Clinton. De lo contrario, en la siguiente generación pagaremos la falta de libertad.